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ESPECIAL
SIMÓN BOLÍVAR
EL CABALLO DE
BOLÍVAR
Bolívar jamás tuvo un caballo: tiene un pueblo.
Uno tenía y era color de trigo y se lo regaló a José Martí.
Cuando murió Martí se lo regaló a un argentino y el argentino a
un chileno
y el chileno a un jinete que venía de Nicaragua
y el jinete de Nicaragua no lo desensilló: Bolívar cabalga todavía.
Orlando Araujo
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Bolívar no defendió con tanto
fuego el derecho de los hombres a gobernarse por sí mismos, como
el derecho de América a ser libre.
...los envidiosos exageraron sus defectos.
Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue
más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que
el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene
manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los
agradecidos hablan de la luz.
José Martí en su estudio sobre
los Tres Héroes: Bolívar, San Martín e Hidalgo
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Con
motivo de festejarse un aniversario más del nacimiento del Libertador
Simón Bolívar, desde Colcrea queremos rendirle un homenaje difundiendo
algunos de sus textos mayores:
- " MI DELIRIO SOBRE
EL CHIMBORAZO "
- " MANIFIESTO DE
CARTAGENA "
- " LA CARTA DE JAMAICA"
- " DISCURSO DE ANGOSTURA
"
- " ÚLTIMA PROCLAMA DEL LIBERTADOR SIMÓN
BOLÍVAR "
A
manera de presentación de las páginas bolivarianas, "
CANTO A BOLÍVAR " de Pablo Neruda" y el texto de Arturo
Uslar Pietri " LA HAMACA DE BOLÍVAR ".
Y
para matizar un poco la imagen del héroe, presentamos el
texto de Eduardo Escobar, " UN MAJADERO BOLÍVAR ? ", tomado
de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín : www.bibliotecapiloto.gov.co/virtual/noticias/tiempo/contravia/0204.htm
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Canto
a Bolívar
Pablo Neruda
Padre
nuestro
Que estás en la tierra
En el agua, en el aire
De toda nuestra extensa
Latitud silenciosa
Todo lleva tu nombre Padre
En nuestra morada
Tu apellido
La caña levanta a la dulzura.
El estaño Bolívar
Tiene un fulgor Bolívar
El pájaro Bolívar
Sobre el volcán Bolívar
La patata, el salitre,
Las sombras especiales
Las corrientes, las vetas
De fosfórica piedra,
Todo lo nuestro
Viene de tu vida apagada.
Tu herencia fueron ríos,
Llanuras, campanarios,
Tu herencia
Es el pan nuestro de cada día
Padre.
Tu pequeño cadáver
De capitán valiente
Ha extendido en lo inmenso
Su metálica forma,
De pronto salen dedos tuyos
Entre la nieve
Y el austral pescador
Saca la luz de pronto
Tu sonrisa, tu voz,
Palpitando en las redes
De qué color la rosa
Que junto a tu alma alcancemos
Roja será la rosa
Que recuerde tu paso
Cómo serán las manos
Que toquen tus cenizas
Rojas serán las manos
Que en tu ceniza nacen
Y cómo es la semilla
De tu corazón muerto
Es roja la semilla de tu
Corazón vivo
Por eso, es hoy la ronda de manos
Junto a ti,
Junto a mi mano hay otra
Y hay otra junto a ella
Otra más hasta el fondo
Del Continente obscuro
Y otra mano
Que tú no conociste entonces
Viene también Bolívar
A estrechar a la tuya
De Teruel, de Madrid,
Del Jarana, del Ebro,
De la cárcel, del aire,
De los muertos de España
Llega esta mano roja
Que es hija de la tuya,
Capitán combatiente,
Donde una boca grita libertad
Donde un oído escucha
Donde un soldado rojo
Rompe una frente tarda
Donde un laurel de libres brota
Donde una nueva bandera
Se adorna con sangre
De nuestra nueva tierra.
Bolívar, Capitán,
Se divisa tu rostro
Otra vez entre pólvora y humo
Tu espada está naciendo
Otra vez tu bandera
Con sangre se ha bordado
Los malvados atacan
Tu semilla de nuevo
Clavado en otra cruz
Está el hijo del hombre
Pero hacia la esperanza
Nos conduce tu sombra,
El laurel y la luz
De tu ejército rojo
A través de la noche
De América,
Con tu mirada mira
Tus ojos que vigilan
Más allá de los mares
Más allá de los pueblos oprimidos
Y heridos,
Más allá de las negras
Ciudades incendiadas
Tu voz nace de nuevo
Tu voz otra vez nace,
Tu ejército defiende
Las banderas sagradas
La libertad sacude
Las campanas sangrientas
Y un sonido terrible
De sonidos parece,
La aurora enrojecida
Por la sangre del hombre.
Libertadores,
Un mundo de paz
Nació en tus brazos,
La paz, el pan, el trigo
De tu sangre nacieron
De nuestra joven sangre
De Nilo de tu sangre
Saldrá paz, pan, trigo
Para el mundo que haremos.
Yo conocí a Bolívar
Una mañana larga
En Madrid,
En la Boca del Quinto Regimiento.
Padre, le dije,
¿Eres o no eres o quién eres?
Y mirando al Cuartel de la Montaña
Dijo: Despierto cada cien años
Cuando despierta el pueblo.
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LA
HAMACA DE BOLÍVAR
Arturo Úslar Pietri
En
una de las vitrinas del Museo Bolivariano de Caracas hay una vieja
hamaca desflecada, con los colores que fueron vivos, amortecidos
por el tiempo. Es una hamaca de Bolívar. Fue una de las que él usó
durante los largos años de aquellas campañas inagotables, de aquella
andanza sin tregua que se tejió y retejió como el hilo del destino,
por entre selvas, cumbres, ciénagas y llanuras, desde la boca del
Orinoco hasta las riveras del Titicaca.
Esa
hamaca colgó en la sala rústica de la casa del pueblo: Entre dos
árboles a la intemperie para acampar por la noche. Durante los tiempos
más difíciles y agitados de su lucha Bolívar no tuvo otro lecho.
Era su cama, su silla de trabajo. Por la noche en tierra caliente,
se tendía en ella a dormir su breve sueño nervioso. Al llegar, lo
primero que hacía el asistente era tenderla. Venían los secretarios
y los ayudantes y se ponían alrededor. Mientras él se mecía y se
levantaba sin cesar, dictaba cartas y disponía operaciones.
Alguno
de los europeos que menos lo entendieron no dejaron de escribir
profusamente aquel uso de la hamaca. Les parecía que era la señal
de su inferioridad y de su barbarie.
Hippisley
y Ducoudray Holstein, por ejemplo, que escribieron amargos libelos
contra él, hablaban con insistencia de la hamaca. Les parecía degradante.
La
hamaca era el lecho del indio. Del indio pasó al mestizo criollo.
Es cama y el sillón del hombre del pueblo. Viene de la más remota
y profunda América. Forma parte esencial de una manera de vivir
y por ello mismo también de una filosofía de la vida. Para quienes
no entienden esa hamaca de Bolívar les ha de resultar difícil o
imposible entender aquel hombre extraordinario y tan complejo. Que
es precisamente lo que le pasó a Hippisley y Ducoudray Holstein.
Y a tantos de ayer y de hoy.
Esa
hamaca es manifestación de la americanidad fundamental de Bolívar.
Había aprendido, probablemente a usarla y a amarla, en la casa paterna.
Los esclavos que le enseñaron su uso debieron transmitirle también
los más vivos valores tradicionales de la cultura popular de su
país. Cantares, leyendas, música, consejas, proverbios, de indios,
de negros, de mestizos. Que en su alma se mezclaban a la otra tradición,
igualmente viva y vieja, que recibía de padres, maestros y mayores.
Sobre
ese espíritu nutrido así de vivas raíces criollas y españolas vino
a depositarse la cultura europea. Los libros de los enciclopedistas
franceses y racionalistas ingleses, el arte poético de Boileau,
el Emilio del gibelino, el lujo y el refinamiento del Madrid de
Godoy, del París del consulado y del Imperio, y del Londres del
final de Jorge III.
De
esa época son sus dispendiosas aventuras del Palais Royal y tal
vez aquel retrato del joven dandy que pudo pintar Gill en un taller
londinense en 1810. Exterior y superficialmente debía parecer un
joven rico de la aristocracia europea. Pero en lo profundo seguía
vivo lo otro. A ratos afloraba con poderoso impulso. Con vehemente
pasión que lo llevaba a renegar de aquella vida fácil y grata en
que parecía complacerse. Así debió ocurrir en sus conversaciones
en París con el Barón de Humboldt. Humboldt hablaba con pasión de
aquella América de grandes ríos y selvas tropicales y de helados
páramos y de sus pobladores. De una naturaleza de misterios y poderosa
en creación y destrucción de la que Europa sabía poco, y de unas
gentes no menos conocidas, pero llenas de destino y deseosas de
encontrar su camino en la historia.
Con
Simón Rodríguez también hubo de volver muchas veces al tema americano.
Su antiguo maestro de primeras letras en Caracas le sirvió de guía
por el mundo del racionalismo en sus dos visitas a Francia. Juntos
hicieron a pie el viaje París a Italia divagando libremente por
los reinos de la cultura y de la curiosidad. Rodríguez había partido
de Rousseau en busca de una pedagogía que pudiera realizar el destino
americano. Tanto debieron hablar de su América criolla en acuerdo
y en contradicción con las ideas europeas que al término de la andanza,
entre ruinosos mármoles de una colina romana, el joven hizo el exaltado
juramento, digno de un héroe de Byron, de consagrar su vida a alcanzar
la independencia para la América española.
Su
vuelta a América en 1807 es vuelta y regreso en más de un sentido.
Regresa no solo a dedicarse a la causa exterior de lograr la independencia
de su América, sino a la causa profunda de entender y realizar aquel
mundo tan lleno de oscuras posibilidades.
Para
muchos hombres de aquel tiempo el proceso de la independencia parecía
poder reducirse a una simple amputación. Cortar la dependencia que
los ataba a la corona de España, sin que ocurrieran conmociones
o "peligrosas novedades", sin contaminación de afrancesamiento subversivo.
Para éstos, la ruptura de la dinastía española con la invasión napoleónica
pareció ofrecer la oportunidad ideal.
Otros,
gente más cosmopolita y enamorada del progreso, concebían la independencia
como una oportunidad de poner en práctica las instituciones y los
ideales de la república democrática tal como se había visto en los
Estados Unidos y en Francia.
Bolívar
advierte desde el primer momento que el problema es otro, mucho
más complejo y arduo. No es el de satisfacer los intereses materiales
de quienes no tienen sino intereses, ni el de realizar delirios
ideológicos de quienes no tienen sino teorías. Habrá primero que
ganar la independencia en los campos de batalla y no en meras actas
de asambleas, y habrá luego que buscar las instituciones estables
que correspondan a la realidad económica y social de la América
hispana.
Bolívar
ve fracasar la primera república de Venezuela en 1812. Había sido
proclamada y creada sin sangre y sin tropiezos. La habían dotado
de una constitución donde habían acomunado todas las perfecciones
teóricas de una república ideal. Y sin embargo se derrumbó rápida
y dolorosamente ante la marcha de un soldado afortunado.
En
medio de aquella primera catástrofe Bolívar revela algunos rastros
esenciales de su extraordinario carácter. Su capacidad de comprender
la realidad y su fe indomable. Desde el primer momento manifiesta
la convicción de que nada está perdido y que el triunfo final habrá
de pertenecer a los patriotas. En su Manifiesto
de Cartagena de 1812 y en su Carta
de Jamaica de 1815 no sólo aparece esa convicción en el tono
más enérgico y persuasivo, sino que también plantea el problema
de la organización de los nuevos estados americanos en los términos
más penetrantes y exactos en que nadie lo había hecho hasta entonces.
Lo
que Bolívar concibe claramente desde el comienzo, y que se convierte
en la norma directa y fundamental de su pensamiento y de su acción,
es la idea de la peculiaridad del mundo americano. Las concepciones
y las teorías aprendidas en Europa o en los Estados Unidos deben
adaptarse a las características de los nuevos países. La geografía,
la historia, las antiguas leyes, los usos tradicionales de esos
pueblos deben ser tenidos en cuenta de manera primordial. Sobre
esos hechos deben meditar los legisladores para concebir las instituciones
adecuadas.
En
1819, en su Discurso de Angostura, que es acaso la más luminosa
de sus piezas escritas, plantea claramente el problema de que las
nuevas naciones necesitan hallar instituciones propias. Sus ideas
de entonces vienen a ser como la consecuencia y el desarrollo de
las que había expresado con tanta clarividencia en 1815, desde el
destierro de Jamaica, en su famosa carta dirigida a un caballero
inglés: "Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo
aparte, cercado de dilatados mares; nuevos en casi todas las artes
y las ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad
civil".
La
intuición genial de esa realidad es la que dicta su acción de guerrero
y su obra de político. La creación de un ejército capaz de ganar
y asegurar la independencia de la América española durante quince
años de guerra hubiera sido empresa suficientemente colosal para
asegurar su gloria. Bolívar sabe hallar el ejército espontáneo que
estaba en el espíritu de su pueblo. Su táctica es que la geografía
y la psicología popular le dictan. Él sabe hallar el profundo minero
de energía que estaba como dormido debajo de aquellas pieles morenas
y de aquellos ojos que habían parecido sumisos durante tres siglos.
Él va hacer del ejército "el pueblo activo". Con ese ejército de
campesinos que toma las armas sin abandonar sus ropas de labranza,
los más descalzos, los más durante los primeros tiempos sólo con
armas blancas, sin intendencia, sin soldada, casi sin medicinas.
Con ese ejército, en más de cuatrocientas acciones de armas y en
un teatro de operaciones de más de cinco millones de kilómetros
cuadrados, Bolívar gana la independencia para los países que hoy
son Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Panamá y pone
fin al dominio español en la América del Sur.
Esta
es la obra de su tenacidad, de su voluntad heroica pero también
de su medio, de su hora y del genio de su pueblo. Uno de sus más
notables contrincantes, el General español Pablo Morillo, quien
vino a combatirlo a Venezuela al frente de la mejor y más numerosa
expedición de tropas peninsulares que nunca vino a América, dijo
de él: "Alma indomable, a quien le basta un triunfo, el más pequeño,
para adueñarse de quinientas leguas de territorio... Bolívar es
el jefe de más recursos y no hallo cómo ponderar su actividad. Mucha
fuerza se necesita para vencer a estos rebeldes que no desmayan
con ninguna derrota y que están resueltos a morir antes que someterse...
Nada es comparable a la incansable actividad de este caudillo...
Su arrojo y su talento son sus títulos para mantenerse a la cabeza
de la revolución y de la guerra".
Simultáneamente
con la guerra se le va planteando el problema de la organización
de los nuevos estados. Su ideal político interno es el de la libertad
sin anarquía, el del orden sin la injusticia, el de la "mayor suma
de felicidad posible" para todos. En Angostura lo expresó con toda
claridad: "Un Gobierno Republicano ha sido, es y debe ser el de
Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo: la división
de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud,
la abolición de la monarquía y de los privilegios". A ese objeto
han de ir encaminados sus pasos durante toda la larga pugna por
establecer un orden político estable en las nuevas naciones. Las
circunstancias y los medios varían en ocasiones. Pero el fin se
mantiene el mismo hasta su última hora.
Para
la política exterior concibe desde los comienzos de la revolución
la necesidad de que la América hispana se organice como un todo
o por lo menos como un conjunto de grandes estados y confederaciones.
Ya desde 1813 habla de la necesidad de unir a la Nueva Granada y
Venezuela. Más tarde se lanza a la empresa de convocar el Congreso
de Panamá de 1826 para establecer una organización americana que
pudiera ser el punto de partida de una organización internacional
ecuménica. Su América debe organizarse para convertirse en uno de
los polos del equilibrio universal. En 1813 había hecho publicar
en Caracas lo siguiente: "La ambición de las naciones de Europa
lleva el yugo de la esclavitud a las demás partes del mundo; y todas
estas partes del mundo debían establecer el equilibrio entre ellas
y la Europa, para destruir la preponderancia de la última. Yo llamo
a esto equilibrio del Universo y debe entrar en los cálculos de
la política".
Él
se hace el supremo interprete del alma criolla en trance de creación.
Nadie caló más hondo en la naturaleza de su pueblo y miró con más
anticipación los peligros del porvenir.
Tenía
en la cabeza todo lo que podían tener las gentes más cultas de su
tiempo. Pero solo como antecedente, como complemento o como punto
de partida. Para la interpretación del destino de aquel "pequeño
género humano" era poco lo que podían servirle las concepciones
europeas. América era cosa distinta y debía dar sus propias soluciones.
Su Rousseau, su Montesquieu, su Bentham estaban en él balanceados
por su poderosa comprensión del instinto del llanero a caballo,
del andino de ruana, del boga de los grandes ríos. Había sabido
macerar lo europeo en la vigilia de la hamaca criolla. Lo que iba
a surgir en acción y en pensamiento era cosa distinta: la concepción
americana de Bolívar.
Aquella
hamaca resulta así de un gran simbólico. Es el legado visible y
pintoresco del mundo criollo donde están clavadas sus más hondas
raíces.
Menudo,
nervioso, iluminado, impulsivo, resonante, la vida de Bolívar parece
consumirse en una angustiosa fiebre de creación. Sus problemas no
fueron nunca solamente los del general de un ejército, ni los de
gobernante de un país. Él se sentía cargado con la responsabilidad
del destino americano. De realizarlo él, o de que quedara irrealizable
durante generaciones. Las batallas, las marchas, los problemas administrativos,
las combinaciones políticas venían a reducirse a fragmentos o etapas
de aquella inagotable empresa sobre humana a la que se había sentido
consagrado. "Yo soy el hombre de las dificultades" dijo en alguna
ocasión, y en otra dijo también que era uno de los mayores majaderos
de la humanidad. Con lo que declaraba el carácter desesperado y
extraordinario de su vocación.
Su
grandeza y su tragedia arrancan de esa compleja comprensión de su
misión. Si hubiera sido un mero ideólogo imbuido de ideas aprendidas
de Europa, republicanas o monárquicas, como abundaron tantos en
su tiempo, habría encontrado satisfacción y derivativo en la proclamación
de principios teóricos.
Si
hubiera sido tan solo un oportunista, apegado a las circunstancias
se habría dedicado a disfrutar de su botín de autoridad sobre el
inmenso territorio capturado. A hacer en grande lo que después hicieron
todos los caudillos locales.
Pero
él no quiere ni lo uno ni lo otro y ambas formas le parecen males
abominables. Detesta a los ideólogos tanto como a los hombres de
presa. La independencia no le parece el fin sino un paso previo.
Lo más importante es lo que ha de venir después: la organización
del mundo de Colón en una poderosa estructura política, donde quepan
las realidades y las esperanzas sin daño y sin engaño.
Por
eso mismo, al final de su vida se siente agobiado por el desengaño:
"La independencia es el único bien que hemos alcanzado, a costa
de todos los demás", dirá con desolación. Porque para él es dolor
y desengaño ver caer a aquellos países recién libertados al precio
de tantos sacrificios en las variadas formas de caudillismo dictatorial.
Ese
buscar sin tregua, que es también constante revelación, es lo que
lo mantiene vivo y válido para la empresa todavía abierta de realizar
la América en la que él estaba empeñado. Bolívar no encarna solo
un gran acontecimiento histórico. Es también una causa y un camino.
Tanto como en el glorioso pasado, está el porvenir de los pueblos
a los que se dio.
Es
difícil de entender porque su mundo es difícil de entender. En él
toma conciencia y forma inmarchitable el gran proceso de mestización
cultural de la vida criolla. Es voz y brazo no solo de aquellos
hombres que se lanzaron a hacer milagros a su llamada, sino de todas
las vastas muchedumbres que lo siguen nombrando y buscando. No está
ni dormido, ni muerto, ni en calidad de recuerdo, ni en sustancia
de archivo: "Yo los he representado en presencia de los hombres,
yo los representaré en presencia de la posteridad" es lo que sigue
respondiendo a la gente inquieta y buscadora.
Los
que sólo miran sus libros europeos, su trato mundano, sus uniformes
de parada, sus maestros, sus viajes, su cultura, no podrán nunca
entenderlo cabalmente. Hay que mirar también aquella hamaca que
lo acompañó hasta la hora de morir. Tejida por manos mestizas, legado
de lo más viejo y lo más hondo de la tierra y de las gentes que
él nació para encarnar.
MI DELIRIO SOBRE
EL CHIMBORAZO
Simón Bolívar
Yo
venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo
el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas
fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué
las huellas de La Condamine y de Humboldt seguílas audaz, nada me
detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento.
Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron
las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador
del los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido
de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales,
ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos
de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y
el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona
ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿y no podré yo trepar
sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra? Sí podré! Y
arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí,
que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando
los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado
por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza
la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo.
Un
delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un
fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía.
De
repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de
un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado,
calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…
"Yo
soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto,
mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala
el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que
la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa
lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe?
¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de
la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis
siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis
visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones
tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la
presencia del Infinito que es mi hermano".
Sobrecogido
de un terror sagrado, "¿cómo, ¡oh Tiempo! -respondí- no ha de desvanecerse
el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres
en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino
la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento
las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto
a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el
espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia
de lo pasado y los pensamientos del Destino".
"Observa
-me dijo-, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja
a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del
Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado:
di la verdad a los hombres".
La
fantasma desapareció.
Absorto,
yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre
aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda
voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias
manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.
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ULTIMA PROCLAMA
DEL LIBERTADOR SIMÓN BOLÍVAR
(1830)

Simón
Bolívar,
Libertador de Colombia, etc.
A los
pueblos de Colombia
Colombianos:
Habéis
presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba
antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna
y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que
desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra
credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y
mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que
me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono.
Al
desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo
hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria
que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el
bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual
gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario
dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su
espada en defender las garantías sociales.
¡Colombianos!
Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte
contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión,
yo bajaré tranquilo al sepulcro.
Hacienda
de San Pedro, en Santa Marta, a 10 de diciembre de 1830.
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